CAPI 14!!!! (dios... "capi"... en fin. xDD)

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Rayos sin fin  

-Esperanza, cariño, come algo más de ternera, que estás en los huesos. Desde luego, los adolescentes de hoy en día, no sé en qué estarán pensando; que si adelgazar, que si perder peso… en mis tiempos se comía mucho más que ahora, nos dedicábamos a jugar, a correr y a saltar, no a ir de tiendas, que sólo sirve para gastar dinero sin fundamento. ¿Más ensalada? Desde luego, no sé en qué estarán pensando…

 

Pilar, madre de Esperanza y ama de casa compulsiva, era una mujer alta, de piel blanca, pelo rubio teñido y unas buenas dosis de pintalabios rosa chillón y sombra de ojos azul claro. Y no paraba ni un segundo.

“¡Dios mío, no se callará ni dormida!”, pensó Esperanza, mientras se dedicaba a mover con desgana los trozos de ternera por el plato.

-Esperaanzaa, deja de jugar con la comida, que pareces una niña pequeña.

A Pilar también le había afectado la desaparición de Marielle, pero al contrario que a Tomás, a ella se le había desarrollado aún más el parloteo, hasta el punto de volverse algo insoportable.

 

-Ya no tengo hambre. Me voy a la cama.

Sentenció Esperanza, con voz cansada. Y aprovechó la conversación con sí misma que mantenía Pilar acerca de las rebajas para escaparse del filete de ternera que tanto le costaba tragar.

Una vez en su cuarto, tuvo todo el tiempo del mundo para relajarse y leer, y al cabo de unas 50 páginas se durmió, al fin…

 

Al día siguiente, se despertó 20 minutos antes de lo normal, no por las pesadillas, que las tuvo, sino porque… porque se sentía extrañamente alegre. Quería ver a Jesse, quería que él le volviese a sonreír.

Se cogió una manzana para el camino y sin despedirse se fue al instituto dando brincos.

Le brillaban los ojos….

   

-Esperanza García, ¿puede decirme cuál es la capital de Taiwán? ¿Esperanza? ¡Esperanza!

Esperanza miraba al vacío desde la última fila, con una sonrisa boba en la cara.

-¿Eh? Perdón, profesora… ¿puede repetir?

Dijo, con voz asustada.

-¡Mirad! ¿El alma en pena ha regresado!

-¿Qué tal tu viaje por el inframundo?

-¡Apuesto a que por eso ponía esa cara de idiota!

-¿Soñando con Hades?

Los demás alumnos de la clase rieron estrepitosamente.

-¡Basta ya! Esperanza es una alumna muy aplicada y seguro que se sabe la respuesta perfectamente. Adelante, Esperanza, dinos la respuesta.

-¡Enchufada!

-¡Calla!

 

Por su parte, Esperanza estaba en un gran aprieto, porque su mente no le respondía. “Taipei. La capital de Taiwán es Taipei. ¡Venga, Esperanza, dilo, por lo que más quieras!” Pero al ver a Jesse dos filas más adelante, haciendo garabatos en un cuaderno, otros pensamientos inundaban su cabeza: “A Jesse seguro que no le gustan las empollonas. No se fijará en mí si sigo con esta actitud. Tengo que conseguir impresionarle…”

 

Así que, sin saber cómo, salieron de su boca unas palabras que ella nunca habría dicho en su sano juicio:

-Lo siento, profesora, pero no entiendo la finalidad de la pregunta. ¿Para qué nos hacen estudiar la capital de Taiwán sabiendo que no nos va a servir para nada? Yo, personalmente, nunca pienso viajar a Taiwán, y creo que la mayoría de la gente aquí presente tampoco. Y déjeme añadir una cosa más: sinceramente, nunca me han interesado lo más mínimo ni  los ríos ni las montañas de Europa.

Al finalizar el discurso, toda la clase estaba con los ojos fuera de las órbitas, excepto Jesse, que no parecía tan impresionado, pero que tenía una mueca divertida en la cara, cómo observó satisfactoriamente Esperanza.

La profesora se había quedado con la boca abierta, mientras la tiza que tenía en la mano derecha se resbalaba y caía al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Entre tanto, Esperanza recogía sus cosas y se marchaba de clase, rogando al cielo que Jesse hubiese visto la expresión de suficiencia que acababa de poner.

 

Más tarde, volviendo a casa después de haberse escondido durante la hora de clase que quedaba en los baños (la profesora la estaba buscando, y como es de suponer, a ella no le hacía especial ilusión que la encontrase), se arrepintió de lo que había hecho. Por mucho que impresionase a Jesse su actuación, se armaría la gorda en cuanto la profesora hablase con sus padres. La chica suspiró por lo bajo. Más problemas…

De repente, sintió algo húmedo en la cabeza. Agua. Estaba empezando a llover. Oscuros y amenazadores nubarrones se agolpaban en el cielo, iluminados por momentos a causa de los rayos, que cortaban el cielo como grandes cuchillos.

 

Un trueno hizo temblar el suelo, y Esperanza se estremeció. Pero no sólo ella había dado un bote. Había una persona detrás de ella. Se giró para averiguar de quién se trataba, y se le cortó la respiración: detrás de ella, con el rubio pelo chorreando, Jesse miraba al cielo con los ojos verdes muy abiertos.

-¡Jesse! ¿Qué haces? ¡Hay una tormenta horrible! Y, además, tu casa no es por aquí.

Le reprochó, confusa pero halagada (¿estaría él allí para hablar con ella?).

Jesse apartó rápidamente la vista del cielo, y miró sorprendido a Esperanza, como si ella fuese la que estaba fuera de lugar. Luego recordó lo que quería decirle:

-¡Ah, sí! Quería decirte que me gustó mucho tu “discurso”

-Eh… si, bueno, a mí también-mintió descaradamente-. ¿Qué ha pasado luego en clase?

-Bueno… digamos que ha cambiado un poco la opinión que tenían about you.-respondió él, sonriendo.

Esperanza sonrió también, con mal disimulado nerviosismo, y ambos se quedaron así hasta que otro trueno resonó, mucho más grande si se puede que el anterior.

-Bueno, espero que nos veamos más en el instituto.

 

Ella estuvo a punto de hacer oír un “yo también” por encima de los truenos, cuando una luz que venía del cielo los iluminó brutalmente. Incapaces de abrir los ojos, los dos chicos se taparon la cara con el brazo rápidamente.

Cuando la luz se desvaneció, tan rápida como había llegado, en la calle sólo quedaba la presencia de la lluvia, que rebotaba y chispeaba sobre las baldosas, incesante.

       

Frío. Mucho frío.

Cuando Esperanza abrió los ojos, lo único que vio fueron pequeños copos de nieve que revoloteaban frente a ella, se le estrellaban contra la cara y se le enredaban en el pelo y en las pestañas. Se levantó. Alrededor suyo abetos desfilaban, si dejar ver lo que había detrás de ellos. El suelo era nieve, y el cielo escarcha. Parecía uno de esos paisajes de navidad que hay en el interior de las bolas de cristal, esas que se agitan y los copos de nieve dan vueltas y se posan encima de los diminutos arbolitos y bastoncitos de caramelo. Sólo que esto era real, y mucho más desolador.

 

Se frotó los brazos, sintiendo cómo la energía y el calor abandonaban su cuerpo. “¿Qué está pasando?”

Recordaba perfectamente la calle de Zaragoza mientras caía la tormenta, y lo que le había dicho Jesse…

 “¿qué hago yo aquí?”

Los copos de nieve seguían cayendo, indiferentes. La chica no se atrevía ni a moverse, pensando desesperadamente que aquello podía ser sólo un sueño, únicamente una imaginación suya. Así que decidió esperar a volver a la realidad sentada, apoyando la espalda en el tronco uno de esos abetos, que parecían enormes pasteles cubiertos de harina. Y sin querer, se durmió.

    

Dos cuervos sobrevolaban el desierto, lenta, suavemente, con las alas desplegadas, inspeccionando la arena en busca de comida. Volaban juntos,  mirando uno hacia la derecha y otro hacia la izquierda, para así tener mayores posibilidades de encontrar algo. Al fin, uno de ellos divisó lo que parecía un cadáver completo entre las dunas. Sin demora avisó a su compañero, con graznidos alegres, u los dos se precipitaron hacia el cuerpo tendido boca abajo, en la arena.

Una vez en el suelo, descubrieron satisfactoriamente que la cena se trataba de un muchacho en muy buenas condiciones, con un extraño pelo amarillento. Eso les desconcertó un poco al principio, pero terminaron por ignorarlo. Aquél chico posiblemente sería el hijo de un comerciante que lo habría mandado al mercado, a vender, y al pobre muchacho se le habría agotado el agua, o le habría mordido alguna serpiente venenosa del desierto, ¡que importaba! Sería una cena grande y jugosa, habían tenido mucha suerte.

 

Uno de ellos, el que lo había descubierto, lo atizó el primer picotazo en de la mejilla que tenía al descubierto, y la cena emitió un aullido, a la vez que se incorporaba y daba manotazos a diestro y siniestro, con la herida cubierta de sangre.

El cuervo salió despedido hacia atrás, y él y su acompañante volaron asustados hasta situarse  a una distancia prudencial del cadáver, (que ya no parecía tan muerto), sin dejar de observarlo con sus grandes ojos, rojos como rubíes.

 

El chico se incorporó, lentamente y tambaleándose. Se acarició la herida y  luego observó con los ojos entrecerrados su mano, como sin dar crédito a que estuviera cubierta de sangre. Miró a su alrededor, en un intento fallido de orientarse, para después frotarse los ojos, suspirar y fruncir el entrecejo.

Los dos pájaros se miraron el uno al otro, y cómo leyéndose la mente, volaron hasta situarse mansamente en ambos hombros del muchacho, que dio un respingo e intentó espantarlos, pero ellos se agarraron más a la camisa con sus garras. Y de nuevo volvieron a actuar conjuntamente, agitando las alas y dando tirones de la ropa.

Querían que les siguiera.

 

Él comprendió y se dejó llevar, medio aturdido, pellizcándose para comprobar si aquello que estaba ocurriendo era real o era algún sueño algo más real que los demás. Había leído en alguna revista que el subconsciente podía llegar a jugar verdaderas malas pasadas. Pero de ahí a sentir el calor de un desierto o el dolor de una herida…

 

La cabeza le daba vueltas. No le apetecía pensar, una reflexión más y su cabeza explotaría (ya se estaba imaginando con angustiante nitidez sus sesos desparramados entre las dunas más cercanas, y eso no lo ayudaba a mejorarse en absoluto).

Así que se resignó a seguir a los cuervos. A algún lado tenía que conducir todo aquello…

      

Alguien zarandeó a Esperanza salvajemente, haciendo que su cabeza rebotase contra el tronco del árbol en el que estaba apoyada. Gimió de dolor y abrió lentamente los ojos, sujetándose la cabeza con las manos. Lo primero que vio fueron dos botas negras y relucientes como escarabajos alejarse dando zancadas, haciendo un ruido sordo en la nieve virgen. Al ir levantando la mirada descubrió que el perteneciente de esas botas era un hombre de mediana edad, alto y atlético, con algunas canas ya por el cabello. Al volverse éste, Esperanza avistó que una enorme y blanca cicatriz le cruzaba la cara desde el pómulo hasta la garganta, lo que daba un aspecto amenazador a la sonrisa con la que la estaba mirando ése momento.

Era como se había imaginado tantas veces a los malvados que aparecían en sus libros, para destruir el mundo, y cosas por el estilo. La diferencia era que el verlo en carne y hueso, era (con mucho), más aterrador aún, y sobre todo sintiendo que no está mirando al protagonista del libro tan malévolamente, sino a ti, y que las cosas no suelen sucede tan providencialmente como dicen los libros: que si aquel hombre quería matarla, no iba a aparecer de la nada un héroe dispuesto a rescatarla valientemente.

 Vamos, que Esperanza se estaba muriendo de miedo.

 

El héroe no tuvo que aparecer, pero lo que sí que surgió de entre los árboles fue otro hombre, más joven de apariencia, pero con la misma presencia amenazadora que el primero. Y como el otro, también tenía una cicatriz en el cuerpo. Pero la suya se enroscaba alrededor de su cuello como si se tratase de una especie de gargantilla con ramificaciones, blanca y bastante fea.

Los dos hombres de las cicatrices se saludaron como si se conociesen de toda la vida, y luego volvieron a observar a la chica, que se había encogido contra el tronco del árbol, con los ojos muy abiertos.

Lo que se dijeron a continuación con voces roncas y sonrisas siniestras no fue asimilado por el cerebro de Esperanza; porque no entendía nada. De golpe y porrazo, se sentía más que nunca como una extraña en el sitio ése que parecía una bola de navidad, dónde los hombres tenían cicatrices, y hablaban raro. Porque ése idioma no se parecía en nada al inglés, ni al francés, ni a algún idioma del que ella hubiese oído hablar. Y lo más raro de todo era que le sonaba conocido, cómo cuando se tiene un nombre o una dirección en la punta de la lengua, pero no se es capaz de recordarlos.

 

No tuvo mucho tiempo más de reflexión, porque el hombre más mayor de los dos se acercó hacia ella, rompiendo todas las barreras de tranquilidad que Esperanza había intentado crear devastadoramente. La chica se intentó liberar, gritó y pataleó, pero el hombre ya la había maniatado y amordazado en segundos. El otro de la cicatriz en el cuello le arrebató la mochila y la vació sobre la nieve. Lo único que consiguió fueron los libros de estudios de Esperanza, lo que pareció causarle gran enfado, ya que se puso a aullarle a su compañero en ése lenguaje tan raro. Por su parte, la chica, en aquél momento, maniatada por dos hombres con más pinta de mafiosos que de otra cosa, en un paraje extraño y desolador, no pudo evitar preocuparse por lo que le diría su madre si viese sus libros de matemáticas, sociales e inglés esparcidos, pisoteados y cubiertos de nieve.

Los dos hombres, ahora aún más peligrosos que antes porque estaban enfadados, hicieron avanzar a Esperanza por los parajes llenos de nieve y hielo a empujones en la espalda, y así anduvieron bastante tiempo, descontando en el que levantaban a la muchacha una vez que se había caído de bruces por resbalarse en el hielo. La verdad es que no fue una marcha muy magistral.

 

Pero al final los empujones y las caídas cesaron, para gran alivio de Esperanza, y los dos hombres de las cicatrices se adelantaron hacia una gran mole de roca con profundas grietas bordeadas de nieve, y algún que otro arbolillo triste y seco que crecía por allí cerca. Aunque los dos hombres habían desviado su atención en otra cosa, y le daban la espalda, ella no tenía muchas ganas de salir corriendo y huir. ¿Adónde iría? Y además, la idea de tener a dos hombres grandes y fuertes con cicatrices en la cara persiguiéndola por un desierto de hielo no le entusiasmaba mucho. Así que, como firmando ya su sentencia de muerte, se adelantó detrás de ellos con pasitos cortos.

Parecían estar discutiendo por algo los dos hombres. Uno negaba y el otro afirmaba, pero al final, el mayor le soltó cuatro gritos al otro, y la conversación se resolvió de forma pacífica, sin ningún comentario más por parte del joven.

 

Así que el mayor sacó en silencio un cuchillo de su bota, un cuchillo de la longitud que va desde la mano hasta el codo, con incrustaciones de rubíes y bañado de oro, lo cogió fuertemente y lo incrustó en la roca. El cuchillo no se rompió, pero la piedra se agrietó sonoramente, con rajas del tamaño de una persona bien alta.

Los dos hombres escotaron a Esperanza a través de la grieta más grande, como si fuera lo más normal del mundo. Cuando ellos entraron, la grieta volvió a cerrarse silenciosamente, y la piedra quedó intacta de nuevo, con aspecto inocente.

 

 

07/10/2006 16:13 Autor: celiadelgado. Enlace permanente. Tema: RELATOS.

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Autor: ari

hola!
encontré esta web por casualidad y quiero decir que ME ENCANTA ESTA HISTORIA!
espero el próximo capítulo pronto

Fecha: 15/10/2006 17:43.


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