YYYY... (cómo x ahora no se me ocurre que más poner xb) CAPÍTULO 15!!!!

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Preguntas sin respuestas

 

Anduvieron por un túnel estrecho y oscuro lo que parecieron horas. Subían, bajaban, giraban….

Esperanza sentía pasar las bifurcaciones una tras otra, pero los dos hombres no se detuvieron ni un solo momento, y ella no podía hacer nada, así que se concentró en su antigua vida para pasar el rato.

Lo recordó todo a la perfección: La clase, el rostro anonadado de la profesora, a Jesse, la tormenta, la luz blanca…y de nuevo el paisaje nevado.

Por más que se intentaba exprimir los sesos para encontrar algún recuerdo entre la luz blanca y aquél páramo, estos se negaban a aparecer… o no existían. “¡Por supuesto que existen, Esperanza, no seas estúpida!”

Aquella era la situación que muchos de los protagonistas de sus libros habían vivido tantas veces. Y pensar que ella les tenía envidia… ahora prefería estar recibiendo la bronca de la profesora a lo que estaba viviendo.

Tuvo tiempo de lamentarse y de dar vueltas al asunto muchas veces, y cuando al fin llegaron a lo que parecía que era su destino, (una sala bastante grande que parecía hecha por un grupo de topos), la luz de unas antorchas casi la dejó ciega.

 

Cuando al fin consiguió abrir los ojos, se encontró con que la sala estaba completamente llena de joyas, monedas de oro, y todo lo similar a ellas. Candelabros dorados sobresalían de enormes bolsas junto a rubíes, zafiros y collares de perlas. Había montañas de dinero en algunos rincones, y el suelo estaba tapizado de alfombras persas de ricos bordados.

Aquello parecería la cueva de Aladino de no ser porque más hombres con cicatrices se amontonaban sentados al lado del dinero, riendo, jugando a las cartas o comiendo de forma salvaje. Al llegar los que escoltaban a Esperanza, todos se volvieron y esbozaron una mueca que se parecía a una sonrisa muy de lejos. Los dos hombres explicaron un par de cosas, y de repente, de un oscuro rincón apareció un muchacho, el más joven de todos aquellos hombres, pero casi igual de feo. Por suerte, su cicatriz sólo llegaba desde un lado a otro de la mejilla. Tenía el pelo negro, y vestía con andrajos que dejaban ver lo flacucho que estaba.

 

El chaval pareció ofrecerse voluntario para algo, y los dos hombres, complacidos, empujaron a la chica hacia él, y se alejaron para jugar una partida a las cartas con sus amigotes.

El muchacho le dirigió a Esperanza una sonrisa torva que hizo que se le revolviese el estómago, y luego le fue dando empujoncitos hasta el final de la sala, que acababa en una puerta de madera muy tosca.

Llamó tres veces. Nada. Volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Nada de nada. Nadie contestaba.

Al final, abrió lentamente, y volvió a empujar a la chica hacia una nueva sala.

 

Aunque ésta no estaba llena de oro, ni de joyas, los tapices y las alfombras la inundaban: por las paredes, por el techo, por el suelo…  Estaba iluminada por candelabros, y aparte de ellos y de una mesa sobre la que había algo de fruta y vino en una copa de oro, la sala parecía desierta.

Y en un rincón, entre las sombras, había una figura. Y aquella figura roncaba.

Se acercaron cautelosamente hacia ella, y al agacharse, Esperanza se dio cuenta de que aquella figura no era nada más ni nada menos que un chico dormido, con los brazos tras de la cabeza y una sonrisa en la cara.

 

El acompañante se arrodilló a su lado y le sacudió levemente la cabeza. Y entonces el chico dormido abrió los ojos de repente, sorprendido. Se incorporó bostezando, sin parecer enterarse de que Esperanza estaba frente a él. Pero en cuanto la vio, sus ojos se quedaron enredados en su pelo. Ni siquiera parecía antender al otro muchacho mientras éste le explicaba lo que quiera que fuese que le estaba explicando.

Esperanza no sabía dónde mirar…

Al fin, el acompañante terminó su informe y también se quedó mirando extrañamente a la chica. Ella paseó la mirada entre los dos, pues ya que ellos no tenían vergüenza, ella tampoco se veía en la obligación moral de tenerla. Uno desgreñado, con harapos, con el oscuro pelo y la cara sucios, y por otro lado, el otro, con el pelo naranja oscuro, casi rojo, perfectamente limpio (aunque no peinado) y ricas pieles para vestirse. Y un adorno extraño y extravagante que a ella le extrañó por encima de todo: en cada oreja, este chico llevaba muchos pendientes. Pero no pendientes pequeños cómo ella veía a veces a algunas personas, sino pendientes más o menos grandes, dorados, plateados, con pequeñas piedrecillas incrustadas, con forma de luna, de sol, de estrella…. Era muy raro, pero le quedaban bien.

Y encima ella era la que parecía ser la extraña. Se miró las manos. ¡Pero si ella no tenía ningún adorno así, ni su corte de pelo era extravagante, ni llevaba un tatuaje muy grande, ni nada por el estilo!

Si aquellos chicos eran listos, descubrirían que ella no tenía nada de interesante, y entonces la dejarían marchar… o eso esperaba.

 

El muchacho extraño de los pendientes despidió con un gesto al otro, y en cuanto éste hubo abandonado la sala, se inclinó sobre Esperanza con una sonrisa pícara en la cara, y, para sorpresa de ella, le cortó las cuerdas que la maniataban. Guardó el puñal que había utilizado debajo de la manta más cercana y se sentó con las piernas entrecruzadas frente a ella, mirándola como si se tratase de un animal extraño.

-¿De dónde eres?- (frases en séver traducidas a castellano para mayor comodidad del lector, y para que el Word no se me vuelva loco…)-¿Eres de la capital Ojab Orec? ¡Contesta, venga!

 

La chica, por supuesto, no contestó, porque no sabía lo que le preguntaban, y se limitó a quedarse con la vista fija en el suelo sin saber que decir.

El muchacho suspiró y se tumbó en el suelo tranquilamente, con las manos detrás de la cabeza.

-Mira, no tenías nada de valor cuando te encontramos, así que no creo que te hagamos nada…por ahora. Si es eso lo que quieres, contribuye un poco, porque sino haré que te saquen de aquí a patadas, y que te dejen en la comodidad de tu árbol helado hasta que te mueras de frío. O, por el contrario, si me cuentas tu historia puede que simplemente pidamos un sustancioso recate por ti, o que…talvez…- dijo, mirándola de reojo- seas una buena bandida. Con esa pinta de mosquita muerta que tienes nadie sospecharía lo más mínimo. Eso sí; de aquí no vas a salir hasta que no me digas tu nombre y todo lo demás. Comenzaré de nuevo: ¿Cómo-te-llamas?

 

Esperanza suspiró y decidió que se arriesgaría. Al fin y al cabo, ella había entendido el tono de la pregunta. Así que contestó lo primero que se le pasó por la cabeza. Lo elemental.

-Yo… yo soy de Zaragoza, España-explicó, vocalizando mucho para hacerse entender-. No… no comprendo nada de lo que está pasando…yo…

 Y sin quererlo, comenzó a llorar, y el llanto ahogó sus palabras.

 

El chico se le quedó mirando de nuevo con los ojos muy abiertos, para luego asentir y sonreír levemente.

-Así que eres humana.

      

                             *                                              *                                        *

 

 

El jefe de los bandidos salió de su habitación después de cerrar con llave, sin pronunciar palabra y silenciosamente. En sus brazos llevaba a una chica dormida, la cual no parecía pesarle mucho. Ni uno de sus hombres lo vio, pues se escabulló por pasadizos oscuros de la guarida que sólo él conocía.

Al salir al exterior atravesando la roca, se alejó hacia el claro de los abetos dónde decían haber encontrado a Esperanza, y una vez allí, la dejó en el suelo y miró alrededor. No había nadie cerca. Se arrodilló al lado de la chica, agarró un trozo de nieve y se lo dejó caer en plena cara.

 

Esperanza, se incorporó con un grito, mientras el chico se partía de risa.

-Lo siento- dijo él entre carcajadas-. Es que era la única forma de que te despertases.

-Pues podrías haberme sacudido un poco, pedazo de bruto.- Rezongó ella, quitándose la nieve de la cara.

-Es que estabas dormida como un tronco, así que te he tenido que traer aquí personalmente. Y aun así te quejas. Hay que ver… en fin, paseo matutino: ¡allá vamos!- Exclamó el chico, alejándose entre los árboles alegremente.

 Esperanza no pudo ocultar una sonrisa al verlo marcharse como un niño pequeño. Habían pasado ya dos semanas desde que ella apareciese en aquél claro, y en aquellas dos semanas había descubierto y aprendido más cosas que en dos meses de su vida anterior. Nibor se lo había explicado todo en uno de sus paseos: “Hacía miles y miles de años  que los terrícolas (humanos) no visitaban Oldawa. Y las veces que sí que lo hicieron no fueron por motivos turísticos, precisamente. Guerra. La sola palabra ya lo decía todo.En cuanto llegaron los humanos, la fiebre esa de poder tan molesta que tienen les incitó a conquistar el planeta, violando todo pacto de amistad y convivencia con los que vivían en aquellas tierras. Nurvas, Lavas, Dragones… todas y cada una de las especies se pusieron de acuerdo para contrarrestar aquella ofensiva.

Se dice que fue una batalla increíble… “La estrella de Oldawa quedó dividida en dos partes: por un lado, los humanos, que para aquél entonces vestían como nosotros y luchaban con espadas y toscas armas de madera y hierro. Y por el otro, legiones y legiones de Magos, Dragones, Nurvas, Lavas, Hadas, Orcos, simples pueblerinos con rastrillos y hachas, soldados con lanzas, y algún que otro fantasma, que como siempre van a su bola, sólo alguno de ellos se dignó a participar en la batalla. Son criaturas extrañas, estos fantasmas… sacrificando toda su vida anterior simplemente para caer en el engaño de que conseguirán cumplir un simple deseo…Nunca he conocido muy de cerca de alguno de ellos, pero no desearía hacerlo. No se puede confiar en los fantasmas… bueno, continuemos. 

“Los dos ejércitos se lanzaron el uno contra el otro, gritando y enseñando los dientes. Se mezclaron y empezó la pelea. En el amor y en la guerra no hay reglas, como suele decirse, así que era la ley de la jungla. En contra de lo que se cree, no hay que matar, sino impedir que te maten a ti. Son términos diferentes, pero llevan al mismo resultado. Daba igual a quién matases, cosa que veías, cosa que te cargabas, incluso algunas personas descubrieron amargamente que habían matado a alguien de su propio bando. Esto que estoy contando claro está, es en el caso de los ejércitos de combate cuerpo a cuerpo.  “Los Magos, los arqueros y todos los demás que poseían fuerza mágica atacaban desde lejos. Los arqueros humanos desde detrás de las rocas, y luego, como te podrás imaginar, las Lavas con volcanes y llamaradas, las Nurvas con grandes olas y tsunamis, y las Staress poniendo la fuerza de la Naturaleza de su parte. Ya me entiendes, enredaderas, espinas, etc, etc… los magos hacían el caos total con sus tormentas y esos hechizos que duermen, o que ahogan. Aquí todo el mundo nacemos con una pequeña fuerza mágica. Si la vamos desarrollando podemos convertirnos en magos, y, si no, la seguimos teniendo, aunque en poca medida, y sólo podemos practicar pequeños hechizos. Aunque ser mago no es todo un camino alegre y ameno. Hay que practicar mucho y arriesgarte a que los hechizos te salgan mal: algunos magos principiantes mueren cuando les da el rayo que acababan de invocar. El viaje para aprender se hace sólo, recorriendo Oldawa, desarrollando tú mismo tus artes, y según las que mejor te salgan te conviertes en mago de magia blanca o negra, oséase, de magia para atacar o para curar.

Las criaturas mágicas como las Nurvas y compañía lo tienen fácil; como ellas mismas son la magia en estado puro no necesitan entrenar demasiado, sólo para controlarse. “Emm… ¿por dónde iba? Ah, sí:

"Los dragones volaban y disparaban fuego desde el cielo. Algunos cayeron heridos porque las flechas de los humanos atravesaban la fina membrana de sus alas, haciéndoles agujeros, pero los dragones son unos luchadores muy orgullosos, y siguieron atacando desde la tierra, pegando zarpazos y mordiendo, con las alas bien plegadas a la espalda. “Huelga decir que los humanos perdieron escandalosamente aquella batalla. Su número de bajas fue seis veces más que el de los Oldawenses. Los únicos supervivientes que quedaron suplicaron piedad al verse vencidos, y los jefes se la concedieron. Les hicieron jurar que se comportarían como unos oldawenses  más, que olvidarían su vida anterior, que no volverían a empuñar un arma y que vivirían completamente al margen de su planeta natal, La Tierra. Ellos juraron, (¿qué podían hacer sino?) y a partir de entonces se convirtieron en mercaderes, agricultores y semejantes. Bueno, cuentan que muy al norte, en el territorio de las plantas vive una princesa que dice llamarse Aritnem, y que dicen por ahí que es humana. Pero únicamente son habladurías.” 

-Me ha gustado mucho tu relato, Nivor- dijo Esperanza entonces- pero lo cuentas cómo si hubieses estado ahí en ese momento. 

Nivor suspiró.

-Mi madre era uno de los supervivientes.  

                                               *                                                  *                                         *

 La vida para Esperanza en aquella guarida de bandidos no era demasiado fácil, ni placentera, pero lo prefería a que la reconociesen como humana y la ahorcasen, o algo así. Además, Nibor le daba comida y paseaba con ella una vez al día por los parajes helados. Sin embargo, Esperanza sabía que eso no iba a durar mucho. Sus temores se confirmaron cuando desde su habitación, (una sala hábilmente escondida al lado de la de Nibor) escuchó gritos y pasos provenientes de los bandidos. Tal era su curiosidad que ni esperó a que llegase su amigo para contarle lo que pasaba: se levantó rápidamente de la cama,  entró a la habitación del jefe de los ladrones, cogió algo de ropa suya, se la puso, y se tapó media cara con un trapo. Luego, se atrevió a salir por primera vez a la sala que siempre estaba llena de hombres con cicatrices que jugaban a las cartas, gritaban o admiraban sus tesoros. En cambio, en ese momento no jugaban sino que ponían muecas feroces y gruñían por lo bajo como osos. Esperanza se metió entre la multitud y escuchó atentamente a Nivor, que como siempre destacaba entre los demás por su pelo rojo, y más aún si se había subido a un saco enorme de monedas de oro, como había hecho. 

-Bandidos, tengo noticias que os interesarán saber. Primero: la guardia de la capital Ojab Orec viene hacia aquí en posición de combate y con la bendición de las Nurvas, sus patronas –Murmullos de oso recorrieron la sala-. Segundo: como se ve, las malas noticias nunca llegan solas. Pues no hay duda de que ellos no habrían descubierto nuestro escondite si un traidor no se lo hubiese chivado –de nuevo murmullos-. Traidor, si sales ahora mismo y te declaras culpable no te haremos nada. En caso contrario, me dedicaré yo mismo a averiguar quién ha sido el desdichado. Y cuando lo descubra colgará de una bonita cuerda atada a un árbol –Esperanza se sorprendió al ver la mirada gélida que inundaba los ojos castaños normalmente tranquilos de Nibor-.Eso es todo. Partiremos ahora mismo hacia la región del desierto, a ver si por el camino nos encontramos con algo que nos pueda servir de guarida entre tanto. Bandidos, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Llevaos únicamente lo imprescindible. Si es necesario, dejad aquí las baratijas. Comenzad. 

A ésta última orden toda la guarida se puso en marcha. Entre la multitud que iba y venía, Esperanza consiguió acercarse al chico por detrás.

-Nibor - susurró-. Nibor, ¿es cierto? ¿Nos van a atacar?

-¿Esperanza, qué haces tú aquí? –contestó él, también susurrando- Sí, sí es cierto. Ve a preparar cosas como el resto de los bandidos, Lo siento, yo estoy muy ocupado en estos momentos. 

Esperanza hizo lo que le mandaban y cargó sacos en los carros, aunque sin dejar de observar al jefe de los bandidos. Aquello le parecía algo sospechoso. No sabía porqué, pero le parecía extraño que tan de repente alguien se hubiese chivado de que había una guarida de ladrones en medio de un desierto helado. Además, por lo que Nibor le había contado, la ciudad estaba bastante lejos de la cueva, así que tampoco había porque partir tan rápido. Sí, aquello le parecía de lo más sospechoso. En algún momento, Esperanza observó que el chico estaba habando con un hombre con pinta no de oso, si no de King Kong. Parecía una conversación seria; Nibor asentía y el gorila negaba escandalosamente. Al final, Nibor le dio un par de palmadas en el hombro y se alejó. Cuando todos los sacos estuvieron cargados en los carros, los hombres se alinearon: algunos arrastraban los carros, otros iban por delante con algunas armas, por los lados, protegiendo los sacos, había bandidos con hachas, y detrás de todo estaban Nibor y Esperanza. La marcha comenzó con pasos cansados y resoplidos. Detrás de ellos la montaña de rocas tenía un puñal de oro clavado.

 

 

 

 

PD: ari, me he leido tu comentario.¡Me alegro mucho de que te guste! ^^ 

19/10/2006 17:08 Autor: celiadelgado. Enlace permanente. Tema: RELATOS.

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Autor: Nazgûl

Jejeje, está mu bien. Se podría actualizar el juego de las frases, ¿no? :D

Fecha: 29/10/2006 02:15.


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Autor: ZeliaOscura

Como actualizarlo? o.O
Weno, tranki, q si se trata de juegos corras como este, ya buskaré jejejeje...
Dws!!!

Fecha: 30/10/2006 10:34.


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Autor: ZeliaOscura

X cierto, lo siento x no actualizar el foro en tanto tiempo, pero sq ando algo atareadilla...
Seguramente scribiré un articulo para Haloween.
Ya veremus.
X ahora, solo os pido paciencia...

Fecha: 30/10/2006 10:37.



Autor: Ireth

pos yo de paciencia no ando mu sobrada...jeje a ver si mandas más cuento que lo esperamos con ganicas pues eso saludos

Ireth

Fecha: 30/10/2006 14:35.


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