AKIRA

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Esta es la historia que me he inventado para mi personaje en un foro.

Como no me ha salido del todo mal, he pensado que puedo colgarla por aquí ^^

¡¡¡Espero que os guste!!!

(Por cierto, Akira en español significa “alegría”. Dato estúpido del día xDDDD)

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Akira Miura, es el nombre que le dieron en honor a su abuela, que, según las historias familiares esas que se cuentan frente a una chimenea, había sido una gran luchadora.

Los padres de  deseaban que su hija siguiese el ejemplo de su abuela: fuerte, ágil, aguerrida, imparable. Pero Akira creció con la mala costumbre de hacer lo que le venía en gana: las pataletas eran una rutina diaria, las cuidadoras de la niña no duraban nada porque Akira siempre se las ingeniaba para echarlas de la casa, replicaba, contestaba, pedía, detestaba, gritaba, pegaba portazos…

Los buenos de sus padres no sabían qué hacer con una niña tan insoportable, y se lamentaban día tras día de aquél castigo que los dioses les habían infringido sin razón. 

Continuaban soportándola, atendiendo a sus encargos, aguantando con paciencia.

 

Un día, a la chiquilla se le antojaron unos fideos. No quedaban fideos en casa, y aquellas horas no eran como para ponerse a trabajar en la cocina. Pero la niña insistía e insistía, gritaba, lloraba, chantajeaba emocionalmente, pegaba patadas y rompía los adornos de la casa. Su madre, exasperada y con la vena de la sien palpitante, de dijo con la mayor dulzura posible que no quedaban fideos en casa, y que si quería fideos tendría que ir a la taberna a pedir una ración.

Akira miró al suelo con actitud pensadora y luego levantó la cabeza y, mirando a los ojos a su madre, ordenó que le diesen dinero. La mujer, atemorizada por aquellos ojos rojos y oscuros, le tendió una bolsita de monedas, y la niña se fue de la casa en medio de la noche, canturreando.

 

Cuando llegó a la taberna, se sentó en la barra y pidió con seriedad una ración de fideos. El tabernero quedó impresionado al ver a una niña tan pequeña ir a una taberna a estas horas, y además sin un rastro de miedo en la mirada. Sólo sobresalían sus ojos por encima de la barra, pero su mirada era tan penetrante que el tabernero se apresuró a servirle la comida.

En un rincón, un anciano tomaba largas caladas de una pipa, haciendo rosquillas de humo en el aire. En cuanto a Akira le sirvieron los fideos, se apresuró a devorarlos, sentada en una banqueta. Cuando iba por la mitad de la ración, se dio cuenta de que el anciano la había estado observando durante todo el rato.

-Dale un poco de esos fideos a este pobre anciano, pequeña-le pidió él, entre calada y calada.

 

Akira agarró aún más fuerte el bol, en ademán protector, y miró al anciano con cara de malas pulgas. ¿Se había atrevido él, un viejo harapiento, a pedirle comida? ¿De su comida?

-Ni loca-contestó, y siguió zampando.

-¿Y eso por qué?

-Sólo eres un viejo-dijo ella con desprecio-.No pienso dejar que pruebes ni uno sólo. Estos son mis fideos. Tú cómprate unos.

-Ya veo-dijo el anciano, levantándose-. Tan sólo eres una niña malcriada.

Akira lo miró sin comprender. Nadie le había dicho nunca malcriada. Nunca.

Se levantó y se acercó al anciano, tendiéndole el bol sin mirarle, resignada.

-¿Qué es “malcriada”?-le preguntó, mientras el anciano daba buena cuenta de lo que quedaba de los fideos.

-Malcriada es lo que eres tú-le respondió él, una vez terminado el plato.-Alguien que no sabe valerse por sí mismo, alguien que siempre tiene que tener a alguien a su lado que le haga el trabajo. Alguien que deja la vida pasar, que no tiene orgullo ni vergüenza, que nunca llegará a hacer nada de provecho. Eso es ser malcriado.

 

Akira tragó saliva, con un nudo en la garganta. Nadie le había echado la bronca nunca, y este era el primer sermón que le echaban. Un sermón duro pero verdadero.

Ella siempre había sido tan caprichosa que no sabía ni quería ver lo que tenía delante de las narices.

-¿Yo soy… todo eso?

-Si no cambias, sí-le respondió el anciano, otra vez concentrado en su pipa.

 

Akira comenzó a enfadarse. Sin orgullo… sin vergüenza… nada de provecho…

Ella siempre había tenido orgullo, y se lo acababan de romper en mil pedazos de la forma más brutal. Entornó sus ojos rojos, y se acercó con los puños apretados al anciano, que se había vuelto a sentar en un rincón.

-Tú…-siseó- tú no sabes cómo puedo llegar a ser yo. Sé valerme por mí misma. Podré llegar a hacer cosas que ni tú te habías podido imaginar. ¡Me vas a admirar! ¡Y cuando te des cuenta de que te equivocaste conmigo, te tragarás tus malditas palabras y sólo podrás lamentarte! ¡Y no pienso volver a darte más fideos!

 

Akira salió dando zancadas del bar, gritando un “ya verás” que resonó por todo el local y que impresionó a todos: parecía imposible que una niña pequeña pudiese gritar tanto.

Akira volvió a casa malhumorada, no cenó nada y se echó en la cama enseguida, en un mar de gruñidos. Conseguiría cambiar. Conseguiría impresionar. Conseguiría hacerse valer por sí misma de una vez por todas, y entonces todos tendrían que tragarse sus palabras.

 

03/02/2007 00:43 Autor: celiadelgado. Enlace permanente. Tema: RELATOS.

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Autor: Jeni

Tu, de mayor, Escritora, maña...ejejeje

Fecha: 03/03/2007 00:43.


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