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CAPÍTULO 20!!! (no, no me había olvidado xD)![]() Huidas Para sorpresa de Esperanza, parecía que Nibor no tenía ninguna intención de proseguir con el grupo de bandidos, pues cada vez se alejaban más y más de ellos. Ella prefirió no preguntar y limitarse a seguirlo, al fin y al cabo, tenía que confiar en él, pero al final la curiosidad fue más fuerte que la obediencia. -Eh…Nibor-dijo cuando vio que bifurcaban por otro camino que el que habían tomado el resto de los bandidos-. ¿Hacia dónde se supone que estamos yendo? -Lejos.-Contestó él simplemente. -Ah, bien. ¿Pero dónde es lejos? -Más tarde te lo explicaré. Y siguieron caminando solos por el paraje helado, rodeados siempre de bosques o de árboles secos, sin detenerse ni hablar, siguiendo una senda aparentemente invisible. Pero dio la suerte de que, justo cuando Esperanza sentía que ya no iba a poder ir más lejos, una ventisca comenzó a formarse, y Nibor la condujo hacia la caverna más cercana para refugiarse.Allí hicieron una pequeña hoguera y tomaron algo de agua y comida, mientras fuera arreciaba la tormenta. Estaban encogidos, acercando las manos al fuego para calentarse, y la luz creaba estiradas sombras en las paredes, pero ellos no hablaban; Nibor sumido en sus pensamientos, no parecía él mismo, y Esperanza no se atrevía a interrumpirlo. Fue bien entrada la noche cuando al fin el silencio se rompió. -Sé porqué me traicionaron-dijo de repente Nibor, asustando a Esperanza. -¿Por qué? -Sólo puede haber una razón, y esa tienes que ser tú. -¿Pero cómo me descubrieron? Si trabajé como uno más de ellos… -Sí, pero…quién sabe… A lo mejor alguien se preguntó dónde se había metido la chica a la que capturaron, y luego que apareciese de repente un bandido nuevo con el pelo negro y formas de mujer -si me permites el comentario-… -Sí, claro, tienes razón. Y eso que me ponía muchas capas para disimularlo. En fin, supongo que no fue suficiente. Pero eso no es todo, ¿no? -No. He cedido el puesto de jefe. -¡¿Qué?! -Temporalmente, hasta que pase esta mala racha. Y además hay algo que quería enseñarte. -¿El qué? -Lo sabrás cuando lleguemos. -Estás muy misterioso, Nibor. -Es que… no es algo que se pueda expresar fácilmente con palabras. Tienes que verlo primero. -Ah, bueno. Pero al menos dime cuanto falta para llegar… -Poco, muy poco. Está detrás de aquellas montañas. Cierto, delante de ellos, se entreveían entre los copos de nieve en ocasiones dos grandes cumbres blancas y azules. Parecían realmente altas. -¿Cómo vamos a cruzarlas?-preguntó Esperanza, impresionada. -Eso déjamelo a mí-respondió Nibor con una sonrisa. Terminada ya la sesión de preguntas, los dos sacaron de sus bolsas un par de grandes pieles de oso (o de algún animal parecido), y se cubrieron con ellas para dormir. La hoguera siguió crepitando hasta bien entrada la noche, cumpliendo bien con su deber. Al día siguiente se despertaron muy temprano, y sin decir palabra recogieron todo y salieron de la cueva. La ventisca había logrado que la nieve les llegase hasta las rodillas, y avanzaron como pudieron, lentamente, hacia las montañas. Por suerte, no nevaba y lucía el sol, así que no tuvieron demasiados problemas. Nibor iba ya preparado, y sacó de su bolsa un par de cristales oscuros para cada uno, puesto que la luz del sol reflejada en la nieve podía dañarles los ojos. Por supuesto, no eran como unas gafas terrestres, pero servían como tal, quitando que eran mucho más incómodos, pues había que sujetarlos delante de los ojos para que funcionasen, la tanto tenían las manos ocupadas. Si les atacaba alguna fiera tendrían que quitarse las improvisadas gafas para poder luchar, y entonces los destellos les afectarían. Un desierto helado era muy peligroso… Por suerte, ninguna fiera ni ninguna ventisca apareció, y el viaje fue tranquilo aunque silencioso, muy silencioso, pues Nibor seguía con los labios sellados. Eso a Esperanza no le importaba: ella tampoco era una persona demasiado habladora, y no le incomodaba el silencio. Además quería disfrutar aquél viaje todo lo que pudiera. Aunque la caminata era dura, no se viajaba por un desierto helado con nieve hasta la rodilla en un mundo desconocido con un ladrón todos los días… Esperanza quería saborear cada momento, para luego, cuando volviese a la Tierra (si es que volvía) acordarse de todas las aventuras que estaba viviendo y, quién sabe, a lo mejor escribía un libro o algo parecido. * * * -Que sepas que no pienso cargar siempre contigo, fantasma-sentencié yo. -No es culpa mía estar enfermo. -¿Ah, no? Fue tu plan, tendrías que haber pensado que a lo mejor te hacían algo malo. Así que ese era el elemental fallo de tu estupenda estrategia, ¿no? -Puedo sobrevivir a una simple enfermedad. -Puedes, si yo te curo y te vigilo. No intentes mantener siempre esa fachada de protector, porque ahora no la necesitas. Te he visto como nadie te ha visto: más débil que nunca. Así que ya no tienes que demostrarme nada. Además soy un dragón. Soy más fuerte que tú. Enheas sonrió por segunda vez en un día. Vaya, a veces me gustaba más que estuviese enfermo.Llevábamos ya un montón de días en aquél bosque, comiendo y bebiendo gracias a lo que yo iba a buscar convertida en dragón. Sabía que no era una buena idea, porque las Nurvas me podían ver perfectamente desde abajo, pero me encantaba esa sensación de poder volar, ser el doble de grande y fuerte que la Aritnem princesa. Y además me podían confundir perfectamente con otro dragón que surcase los cielos; al fin y al cabo no me diferenciaba tanto de cualquier otro dragón con escamas púrpuras. Enheas comía con desgana, simplemente porque yo le obligaba. Por mucho que él fuese un fantasma, ahora estaba enfermo, y como todo buen enfermo, tenía que comer y beber, además ahora que había perdido sus poderes, si no fuese porque un halo de luz le rodeaba, podría haberse confundido perfectamente con un muchacho normal y corriente. Un día, un ruido parecido a un chasquido me despertó. Alerté también a Enheas, y los dos nos pusimos alerta, espalda contra espalda. Preferí no convertirme en dragón por el momento. Pisadas amortiguadas por las hojas se acercaban lentamente. Noté que Enheas estaba completamente sereno. Ni sin sus poderes conseguía que algo le asustase. Resoplé. Este chico era o demasiado valiente o demasiado chulo… Parecía ser la primera opción, pues se acercó lentamente hacia la maleza, de donde provenía el ruido, y agitó las hojas con cautela. Al momento, una inmensa silueta saltó por encima de él y pasó por al lado mío rozándome y revolviéndome todo el pelo por la ráfaga de viento. Enheas me observaba mientras me colocaba de nuevo el pelo más convenientemente. Tranquilamente, me desenredó una pluma enorme y azul y me la enseñó con una mirada inquisitiva. -Los Pájaros Terrestres, princesa. Claro. Aquél era el bosque de los Pájaros Terrestres. El bosque del que me rescató Hilda el día en el que llegué, cuando la sombra me atacó. Había algo en él que me sonaba, pero estaba tan ocupada en cuidar a Enheas que no me había dado ni cuenta. -Este bosque no me trae buenos recuerdos…-murmuré.Enheas ni me preguntó mis razones. -Pues en ese caso deberíamos irnos. -No. Tú estás enfermo, no puedo permitir que empeores en el viaje. -Vaya, tanta preocupación me abruma, princesa. Me sonrojé de nuevo. Estaba segura de que aquél maldito fantasma lo hacía aposta, porque sonreía cada vez que mi cara se convertía en un tomate. -No me va a pasar nada. Además ya estoy mucho mejor, ya estoy curado. Si deseas que nos vayamos, nos iremos. Yo vacilaba. Por un lado, quería huir de aquél sitio lo antes posible, pero por el otro Enheas necesitaba cuidados, por mucho que él insistiese en que no. Sin embargo, si no fuésemos muy lejos… en cualquier lugar cercano que no fuese este. Me daban miedo los árboles, los ruidos e incluso me asustaba de las hojas en ocasiones. -Vale. Partiremos al amanecer. Y me quedé la pluma, por si acaso. Nos quedaban pocas horas de sueño y no pudimos aprovecharlas. Pero esta vez no fue por culpa de los Pájaros Terrestres, sino de un pequeño grupo de Nurvas que nos andaban buscando, como no. Irrumpieron de entre los árboles apuntándonos con lanzas antes de que pudiese ponerme en pie. Lo digo en primera persona porque la lanza de la Nurva que tenía más cerca desapareció de sus manos antes de que pudiese darme cuenta. Una sombra se situó delante de mí e hizo girar la lanza amenazadoramente. Las Nurvas dieron un paso atrás. La sombra era, por supuesto, Enheas. Avanzó sin dejar de girar la lanza, mientras las Nurvas retrocedían más y más. Luego la clavó en el suelo y dijo algo que no llegué a entender, pero que sonaba autoritario. Yo lo observaba todo desde abajo, detrás del fantasma, anonadada. Sabía que Enheas era orgulloso, pero de ahí a arriesgarse a que le hiriesen, ya que estaba sin sus poderes… estaba a un pelo de que le hiciesen daño de verdad, y con lo débil que se encontraba tendríamos que volver a parar, y no sé si podría volver a curarlo. Así que me incorporé yo también y me acerqué a Enheas. Le pregunté con la mirada si hacía falta que me convirtiese en dragón, pero el negó con la cabeza sin mirarme. Sin embargo, apelando a lo que me habían enseñado los guardias de mi torre en caso de secuestro (de algo servía parecer una princesa), comencé a repartir paradas y puñetazos a las Nurvas. Ellas no lo sufrían del todo, porque estaba hechas de agua, pero al menos lo sentían en el momento, y salían disparadas hacia atrás. Al final y en un abrir y cerrar de ojos acabaron todas por el suelo. Me volví con aire suficiente y sonreí. Pero Enheas no parecía tan contento. Me agarró por la mano y me arrastró sin contemplaciones por entre los árboles. Yo pataleé, grité y pregunté, pero me dejé llevar. El fantasma era más fuerte que yo, y no era tonto. Sus razones tendría. Oía a las Nurvas por detrás nuestro, jadeando. Enheas soltó una maldición y me hizo ir más deprisa. Los árboles eran siluetas con las que temía estrellarme de un momento a otro, pero en el último instante Enheas torcía y el tronco pasaba por mi lado, arañándome el vestido.Los Pájaros Terrestres y otros seres que no sabía (ni me interesaba saber) que eran se apartaban de nuestro paso, haciendo gorjeos y… algo parecido a los gorjeos. Al fin salimos del bosque. ¡Enheas sabía salir del bosque! La maleza era un completo laberinto, y sólo se podía saber tu posición desde el aire. Así que ése tendría que haber sido su instinto fantasma. Pero Enheas se hallaba bajo el efecto de la droga… así que… Tampoco tuve mucho tiempo de pensar en aquello, pues el paisaje que se extendía ante mis pies era imponente: El suelo verde terminaba a pocos pasos de dónde nosotros nos habíamos parado, detrás nuestro los árboles se apretaban como apropósito, creando negro aquí y allá, pero lo único que se veía por delante era un mar de arena amarilla y reluciente, uniforme, irreal. Lo había estudiado, pero nunca lo había visto. ¿Tan brusco era el cambio de una tierra a otra? Si esto era el paso de la tierra de los árboles a la del desierto, no quería ni imaginarme lo que sucedería si la tierra del hielo y la del desierto estuviesen conectadas… A mí se me abría la boca de par en par, mientras que Enheas, como siempre, parecía indiferente a la situación: sólo atento a lo que él quería. En este caso, las Nurvas, que nos habían seguido y luchaban por desenredarse de la maraña de hojas. Me asomé al precipicio con cautela: debíamos estar a más de 30 metros sobre la superficie del suelo. De repente, algo me empujó la espalda y me hizo perder el equilibrio. Grité el grito más agudo que jamás pensé que podría gritar, y caí al vacío. Escondí la cabeza entre los brazos, porque el suelo daba vueltas y se acercaba a mí vertiginosamente. Pero paré en seco y comencé a elevarme casi igual de rápido que en la bajada. Algo me impulsaba hacia arriba, agarrándome de la cintura. Palpé a mi espalda y le metí el dedo en el ojo a un Enheas concentrado, que sacudió la cabeza, y nos balanceamos en el aire peligrosamente. -No vuelvas a hacer eso, princesa.-me gritó por encima del vendaval. -Perdona. No lo he hecho aposta. No sabía quién eras. -¡No, eso no! Me refiero a lo de ponerte a atacar sin ton ni son a las Nurvas. Confía un poco más en mí, si yo te digo que no hay peligro es que no lo hay. -Ya, claro, lo que tú digas. Estaba enfadada ¿cómo no estarlo? Pero aún así callé y disfruté viendo cómo dejábamos atrás a las Nurvas, y nos adentrábamos en otro bosque, pero éste formado de arena. Comentarios » Ir a formulario |
*VivO pArA DeMoStRaR lO iMpOsIbLe*Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados...
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