
Ser cruel y malhechor, ¿Cuándo te cansarás de perseguirme? ¿No te basta haberme atormentado, degradado, envilecido? ¿Quieres torturarme hasta en la paz del sepulcro? ¡Qué! En esta mansión de tinieblas en que forzosamente me ha enterrado la ignominia, ¿han de acongojarme las penas sin descanso, ha de ser desconocida la esperanza? No imploro una gracia que no merezco; para sufrir sin quejarme basta con que no excedan mis sufrimientos a mis fuerzas. Pero no hagas mis tormentos insoportables. Déjame los dolores, pero quítame el recuerdo cruel de los bienes perdidos. Ya que tú me los arrebataste, no vuelvas a trazar ante mis ojos su imagen desoladora. Yo era inocente y estaba tranquila, y hasta que te vi no perdí el reposo; oyéndote llegué a ser criminal. Autor de mis faltas, ¿qué derecho tienes tú a castigarlas?
¿Dónde están los amigos que me acariciaban? ¿dónde están? Mi infortunio les espanta; ninguno se atreve a acercarse a mí. Estoy oprimida y me niegan su auxilio. Me muero y no me llora nadie. Todo consuelo se me rehúsa. La compasión se detiene al borde del abismo en que el criminal se hunde. Los remordimientos le desgarran el corazón y no hay quien oiga sus lamentos.
Y tú, a quien he ultrajado; tú, cuya estimación aumenta mi suplicio; tú, que eres quien tiene el derecho de vengarse, ¿qué haces lejos de mí? Ven a castigar una mujer infiel. Haz que al menos los tormentos que sufra sean merecidos. Ya he querido alguna vez someterme a tu venganza, pero me ha faltado el valor para confesarte tu vergüenza. No era por disimulo, era por respeto. Que esta carta, por lo menos, te demuestre mi arrepentimiento. El cielo ha hecho suya tu causa y te venga de una injuria que ignorabas. El cielo trabó mi lengua y contuvo mis palabras. Temería que tú me perdonases una falta que él quería castigar. Me ha sustraído a tu indulgencia que habría herido su justicia.
Despiadado en su venganza, me ha entregado al mismo que me ha perdido. Sufro a un mismo tiempo por él y para él. En vano quiero huirle; me sigue, está ahí, me obsesiona sin cesar. ¡Cuán diferente es de lo que era! Sus ojos no expresan sino odio y desprecio; su boca no profiere más que reconvenciones e insultos. Sus brazos no me rodean más que para ahogarme. ¿Quién me salvará de su bárbaro furor?
¡Pero qué! Es él... No me engaño, es él... vuelvo a verle. ¡Oh! mi cariñoso amigo, ¡recíbeme en tus brazos, ocúltame en tu seno! ¡Oh, sí, eres tú, eres tú! ¿Qué funesta ilusión me había hecho desconocerte? ¡Cuánto he sufrido en tu ausencia! No nos separemos más; no nos separemos nunca. Déjame respirar. ¿No sientes cómo palpita mi corazón? ¡No es de temor, es la dulce emoción del amor! ¿Por qué esquivas mis tiernas caricias? Vuelve hacia mí tus dulces miradas. ¿Qué lazos son esos que tú tiendes a romper? ¿Por qué preparas ese aparato de muerte? ¿Quién altera así tus facciones? ¿Qué haces? Déjame, yo me estremezco. ¡Dios mío! ¿Ese monstruo todavía? Amigas mías, no me abandonéis. Vosotras, que me invitáis a huir, ayudadme a combatirle; y vosotras, que más indulgentes me prometéis aminorar mis penas, venid cerca de mí. ¿Dónde estáis? Si no me es permitido volver a veros, contestad al menos a esta carta, para que yo sepa si me amáis todavía.
Déjame ya, cruel, ¿qué nuevo furor te anima? ¿Temes que no penetre hasta mi alma un dulce sentimiento? Redoblas mis tormentos, me obligas a aborrecerte. ¡Oh, qué doloroso es el odio! ¡Cómo corroe el corazón que lo destila! ¿Por qué me perseguís? ¿Qué tenéis ya que decirme?
¿No me habéis puesto así en la imposibilidad de escucharos como en la de responderos? No esperéis nada de mí. Adiós, señor.